Concomitancias
Hay cosas que nos guardamos para nosotros
y no queremos que nadie más las conozca.
Una página web, una canción, una serie, un
libro, una fotografía, un lugar, o lo que sea
que nos haga felices; algo que sólo nosotros
queremos disfrutar sin que nadie más se entere
por miedo a que deje de ser especial cuando
otras personas también lo descubran.
Hay canciones que hacen que nuestra
felicidad se vuelva a prueba de balas.
Hay canciones que son sonrisas; y también
viceversa: Hay canciones que primero nos
destruyen, pero después nos reconstruyen.
Más fuertes. Más saludables. Y mejores.
Hay combinaciones extrañas que terminan
siendo inesperadamente maravillosas, como
una canción de rap con opera, una serie en
donde los protagonistas son villanos, los
dulces picantes, o simplemente tú y yo.
Hay cicatrices que son el puente hacia
una mejor versión de nosotros. Hay heridas
que conectan dos mundos diferentes. Hay
coincidencias que son improbables, pero
terminan sucediendo. Porque los errores
siempre son lecciones.
Hay bocas que son una bóveda bancaria
de secretos. Un lugar seguro para nuestros
nombres. Hay bocas que purifican y no
contaminan. Bocas que se transforman
en sonrisas y después en poesía.
Hay personas que no son paracaídas,
pero, si queremos llorar o caernos,
siempre están ahí para sostenernos.
Hay personas que nos sanan sin la necesidad
de ser médicos. Personas que nos suturan
con palabras. Personas que pueden realizar
cirugías a corazón abierto con una conversación.
Hay cosas que están hechas pedazos, pero
siguen siendo hermosas, como el coliseo
romano. Y lo mismo pasa con las personas.
Porque siempre habrá arte en el desastre.
Hay textos que son un desastre —como éste—,
pero quizá algún día alguien los considerará arte.
Tony E. A.



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