Recogí un hilo rojo de fuego
Hay cosas que ni siquiera sabíamos que queríamos hasta que un te echo de menos nos toca a la puerta. De pronto nuestras mentes comienzan a crear enredaderas con nuestros recuerdos, y sentimos la necesidad de trepar las enredaderas para ver si hay alguna clase de tesoro en la cima.
Tratamos de evitar lo inevitable. Pero cuando menos lo esperamos nos encontramos escalando, sin ningún beso que amortigüe la caída, ni unos brazos que nos ayuden a levantarnos. En ese instante sólo somos nosotros mismos contra nosotros mismos.
Quizá estamos acostumbrados a estar en una guerra constante entre el recuerdo y el olvido. Y no hay nada mejor que una buena canción para recordar lo que tratamos de olvidar, porque a veces es necesario morir un poco para recordar que estamos vivos. Guardamos libros, vino y una buena lista de reproducción en un botiquín de emergencia; y bajo la manga guardamos ases y cicatrices.
No hay reglas para lo que es lindo y lo que no, es por eso que nadie puede decir que echar de menos no es lindo. El caos suele disfrazarse de arte, y también viceversa. Sé que ya le han puesto fecha al fin del mundo muchas veces, pero estoy seguro que el mundo sólo se acabará cuando se acabe la poesía. Y hablando de poesía, los poetas de verdad han muerto y se han llevado la poesía con ellos. En definitiva, el mundo tiene un problema ahora.
Y hablando de problemas, el problema nunca es navegar, el problema es cuando nos estrellamos contra un corazón de hielo. Porque sin importar si navegamos en un barco pequeño o en uno grande, siempre nos cruzaremos con icebergs aún más grandes. Y si nos estrellamos, medimos la temperatura del agua para que el frío se ajuste a nuestro cuerpo. Y si la temperatura es correcta nos sumergimos sin pensar. Y si naufragamos, o nos ahogamos, no importa al final, lo importante es haberlo intentado.
Es curioso cómo contamos las cicatrices y los lunares de una piel para después elegir una de esas marcas y quedarnos a vivir ahí. Tejemos un hogar, lo incendiamos, y recogemos uno hilo en llamas para después suturarnos en una cirugía a corazón abierto. A veces quisiéramos sembrar jardines verticales para cosechar mimos, besitos y curitas, y así poder suturarnos un poco más el alma. Pero en lugar de sanarnos, preferimos envenenarnos.
Y si el veneno no nos mata, los recuerdos o lo que ya no podemos volver a tener lo hará. No hay antídoto. No hay anestesia. No hay solución. Simplemente nos aferramos a lo que queremos olvidar. Y así, todas las historias que conozco se terminan sin un adiós.
Tony E. A.


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